Musgoso habitaba en lo más húmedo y recóndito del bosque. Ofrecía un mullido lecho y una suave caricia a todos los que se acercaban a él. Amaba al Haya que le servía de apoyo. Cazaba, iba y venía seguro de encontrar cada vez a su Haya, su querida haya esperándole fiel en el mismo lugar.
Un día partió en busca de mejor caza, buscando parajes desconocidos, saliendo de su hermoso País. Caminó hacia el sur, notó que perdía frescura, que el sol que le ofrecía su tibio calor, a la vez secaba su bello y suave pelaje verde. Se fué adaptando poco a poco, pero se acordaba de su Haya, no encontraba tan amable y acogedor lecho en ninguna parte. Decidió llamarla e invitarla a seguirle, a que encontrara las ventajas que él había descubierto en el sur. El Haya al comienzo se negó diciendo que no podría adaptarse, que moriría en el camino, que el sol nunca le había ido bien. No obstante cada día recordaba la suavidad de Musgoso, la ternura de sus raices hundiéndose en su pié y ascendiendo por su tronco y decidió marchar en su busca.
Deslumbrada por el sol que apenas antes había entrevisto en la frondosidad de su bosque, camino siguiendo sus pasos, queriendo alcanzarlo, le persiguió y desapareció con el en su Ocaso
Musgoso esperaba que su Haya llegase de un momento a otro, pero la espera se alargaba y él, allá en el sur, convencido de que ella vagaba perdida, sofocada por los rayos del sol, la buscaba, oteaba el horizonte una y otra vez, andaba errante. En cada bosque buscaba el rastro de su querida Haya pero ninguno de los árboles con los que tropezaba le parecía tan acogedor, tierno y fuerte como aquella de la que guardaba tan grato y bello recuerdo.
Vivió sólo, desconfiaba de aquéllos que amablemente le ofrecían pequeñas muestras de amistad, él quería guardar todo su afecto para su Haya, aún tenía la vaga esperanza de encontrarla. Algunas noches subía a lo más alto del monte y gritaba su nombre con toda la potencia de su voz; ofrecía a la luna suaves guedejas de su verde pelo si le traía noticias de su amada, pero la luna, miedosa, se ocultaba entre las nubes e iba a esconderse tras los montes. Sabía que el Haya había desaparecido en pos del sol y temía que si Musgoso sabía la verdad, el dolor no le permitiría vivir y desaparecería del bosque el manto verde y mullido en el que gustaba reposar su luz las noches de luna llena..
Una tibia mañana de primavera sorprendió a Musgoso rendido de su búsqueda nocturna, recostado en un árbol. Sus cabellos esparcidos ofrecían un bello manto verde, los primeros rayos del sol calentaron su aterido cuerpo, la sensación fué tan grata que sin darse cuenta entrelazó con sus brazos el tronco firme de aquél árbol. El árbol sorprendido por la ternura que Musgoso desprendía le ofreció su mejor corteza, su más suave pedestal, su mejor acogida y permitió que se quedara todo el tiempo que necesitara para recuperar la alegría, la confianza, su gana de vivir y su deseo de amar de nuevo. Le contó que podría encontrar otros bosques en los que extender su hermoso manto verde, en donde encontrarse y mostrarse a sí mismo que su capacidad de amar no había desaparecido con su Haya.
Pasados unos días, Musgoso se encontraba como si hubiese renacido de nuevo. Comenzó a cazar, a ir y venir, a fijarse en los otros árboles del bosque , a ofrecer su bello manto verde, Encontró un paraje bello y acogedor en el que decidió instalarse definitivamente. Volvió al árbol que le había ofrecido su apoyo amistoso aquella tibia mañana de primavera, le agradeció su ayuda y le contó que había encontrado un lugar en el que vivir tranquilo, al pie de un hermoso abeto cuya sombra le había ofrecido la frescura que necesitaba para sus ya gastadas raices. El árbol aprobó su decisión, no sin cierta tristeza al verle alejarse de él. Sólo le hizo prometer que cada primavera volvería a darle aquél cálido abrazo que hizo surgir la Amistad en tre los dos. Muagoso fué siempre fiel a su promesa.Pasados muchos, muchos años Musgoso, sin saber la razón, volvía su mirada una y otra vez al sol poniente.